Elsa Ramos: de un taller a una procesión
Nos reunimos con la restauradora en su lugar de trabajo para conversar sobre su trayectoria y la conservación del patrimonio en nuestra Semana Santa
En la cuesta de la Calle Pescaderías siempre se ha hecho magia. Cada Viernes Santo, con el racheo de los pies, el humo subiéndose y enredándose en la torre albarrana, la luna brillante y Talavera en silencio, siempre se ha hecho magia. Pero el brillo no dura solo un día o una semana, el brillo tiene que pulirse y trabajarse en una habitación, una nave de ensayos, una Iglesia. Entre todos los trabajos de nuestra Semana Santa está la obra con el pincel, las manos y la madera. Otra vez se hace magia en Calle Pescaderías, hoy se pule el brillo en el taller de Elsa Ramos.
Elsa pasó su infancia viendo a su padre pintar en casa. Su madre restauraba por placer. Es licenciada en Bellas Artes, con especialización escultura. Tras esos estudios, se adentró en la escuela oficial de conservación y restauración de bienes culturales de Madrid. Justo al terminar, la burbuja inmobiliaria explotó y el país se adentró en una crisis financiera. Este fue uno de los factores por el que acabó navegando por el mundo del arte sacro y las obras religiosas. «A quien le quedaba obra y y dinero para poder restaurar era el sector eclesiástico», comenta. Recuerda su primera intervención con cariño, un retablo del S.XIV. «Dices, esto ya no es un juego, ya no son estudios, ya no es una obra que tengo en el taller en la facultad, esto ya es real», cuenta. «Para mí fue bastante significativo, dije, yo quiero estar aquí, quiero esto.»
Para Ramos, una de las cosas más importantes a la hora de restaurar es ser oficial: «saber que lo que estás tratando son bienes culturales y que no todo vale«. También repite en varias ocasiones que «nadie es profeta en su tierra». Admite que hay restauradores que no son especialistas y que obras de tal calibre deberían guardar reposo en los talleres de profesionales cualificados. Ella cree que este trabajo es un servicio al arte y al patrimonio de las ciudades y que todas deberían contar con algún experto que contribuya a conservar correctamente el patrimonio. Sin embargo, considera que el sector en Talavera es complicado a pesar de la existencia de especialistas. «Montar un taller en la ciudad es muy atrevido». La mayoría de encargos vienen de fuera.
Han trabajado mucho para el exterior de la comarca. Plasencia es una de las ciudades con más demanda en el taller. Un ejemplo del trabajo realizado para la localidad es la restauración del Descendimiento o el Cristo amarrado a la columna que se encuentra actualmente allí. En Talavera, la Hermandad del Santo Sepulcro y la del Comercio han confiado en ella para restaurar a sus Sagrados Titulares. No han recibido más encargos de cofradías, pero sí han sido responsables de la intervención de obras de iglesias como la de San Francisco o la de Santiago. También fueron partícipes del descubrimiento de las pinturas murales que se escondían en el interior de San Andrés.
En el local hay un equipo claro. Mientras que Elsa se ocupa del trabajo manual, su hermana, Alba Ramos, hace la teoría. «Ella es perito, tasadora judicial de obras de arte y antigüedades». Alba se dedica a investigar y autentificar las piezas. Además, tiene dos auxiliares de restauración. «Son mis manos, mis ojos. El día que no puedo, ellas pueden».
Antes de restaurar una obra, se realiza el diagnóstico. «Es de los pasos más importantes previos a intervenir porque tienes que determinar cuál es la metodología y el criterio a seguir en función de las características de cada obra». Elsa comenta que, aunque se compartan los mismos tratamientos, cada obra es un mundo y dependen de su material y de su naturaleza, cada escultura pide algo distinto. Con esto, se realiza un examen visual (organoléptico) dónde detectan las alteraciones que puede tener la imagen: si hay grietas, ha saltado la policromía, etc. «Una vez que ya está hecho ese estudio previo, se determina la metodología. Se hacen pruebas iniciales para ver qué productos nos pueden ir para limpiar y a partir de ahí empezamos a tratar la imagen».
Elsa está sentada delante de dos obras que forman parte de la Semana Santa de Talavera. Jesús y su Ángel, el misterio de la Oración en el Huerto que se encuentra desde hace unos meses en el taller. Además las dos imágenes -de más de 100 años de antigüedad-, se encuentra restaurando su carro procesional, que se encuentra en proceso de limpieza y consolidación. El carro, cubierto con purpurina por encima, ha sido víctima de la oxidación. Debajo de ello tenía oro en buen estado. «La normativa oficial es que hay que conservar siempre el original. Entonces, nosotros en este caso hemos quitado toda la purpurina para poder destapar todo lo que queda de oro original y en función de esa capa de oro original empezaremos a tratar». En cuanto al Señor, aún se encuentra en su estado inicial. El Ángel, por otra parte, ya se encuentra limpio. Han fijado su policromía y ahora quitarán todos los repintes además de nivelar las grietas, las cuales se tapan con resinas o masillas. El Ángel ha experimentado reintegraciones anteriores que han hecho que los tornillos en el interior se muevan y que, por lo tanto, han empujado la policromía hacia afuera.
Para ellas, es muy importante la documentación a la hora de intervenir. Cuentan que, mientras que muchas hermandades muestran profundo interés por sus orígenes e historias, otras no lo hacen tanto y no ofrecen demasiada información. Algo que puede ser desconocido es que si la obra es importante, también se debe pasar por el organismo de patrimonio de la comunidad autónoma correspondiente, para que así el trabajo sea autorizado tanto antes como después de la intervención. Tras algunos debates que se han despertado en el mundo cofrade durante estos últimos meses, como la polémica restauración de la Macarena, era conveniente preguntar hasta qué punto es válido restaurar una obra y hasta cuál se convierte en una «recreación». Elsa repite, una vez más, la importancia que tiene el poseer documentación. «Hay obras que están muy mal y por mucho que yo quiera, si no tengo documentación de alguna forma no puedo recrear la imagen, podría restaurarla hasta lo que fuera posible». Antes, ha mencionado que para ella es de vital importancia conservar lo original. «Hay una imagen de Santa Clara que habían repintado por encima porque por debajo no tenía prácticamente nada. Mediante un microscopio sacamos los colores que tenía el ojo (inicialmente)»
Elsa cuenta que le encantaría restaurar algo proveniente de Sevilla, como las piezas de orfebrería que pueden verse por allí. Dice que, a nivel eclesiástico, «todo restaurador sueña con las Catedrales». También conversamos acerca de la ética que nace al restaurar una imagen. Al final, no es únicamente una obra, es también la representación de algo que conlleva una intensa carga emocional. «Al principio de empezar a trabajar este tipo de imágenes nos daba muchísimo respeto porque lo veíamos desde el punto de vista devocional. Pero claro, el respeto no interviene«, declara. «Después de un tiempo tuve que decir: vale, de las puertas del taller hacia dentro, esto es el material que sea, es madera. De las puertas hacia fuera volvemos otra vez a la devoción, porque si no no podría intervenirlas». Aún así, es claro que dentro de su taller las obras se tratan desde el mayor cuidado y cariño para todos los devotos, ya que lo consideran especialmente importante para las cofradías.
Para ellas, la Semana Santa significa mucho trabajo y una Cuaresma cargada en el calendario. Pero también es pasar un Viernes Santo al lado del Santo Sepulcro. A Elsa le gustaría que la gente comprendiera que la restauración no es únicamente el último paso, pintar. Es un proceso mucho más largo y complejo. Uno que devuelve a la imagen a las puertas hacia fuera, a la noche con luna de marzo o abril. Nos lleva de nuevo al crujir de las puertas de madera de la Colegial y al Huerto tras su reja. Esperará a que regreses a verle y, que una vez más, se haga la magia.

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